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19 octubre 2008

Riglos

Pasear por Riglos, dar la vuelta a sus mallos, es abrir la puerta a los recuerdos, los vividos y los leídos y adentrarse en la historia del pirineismo; y así, mientras mis pies recorren viejas sendas -largo tiempo dormidas a mi recuerdo- mi cabeza recuerda viejas lecturas: Historias de escalada. De éxitos y tragedias...

Las primeras tentativas de escalada en Riglos parecen ser de una cordada alemana de 1933, en competencia con la primera aragonesa de José Oltra, Olivan y Osma. En el año 1934 apareció una cordada inglesa y varias aragonesas, pero ninguna alcanzó el menor éxito. Es en 1935 cuando Jean Arlaud, con Jean Grelier y Piero Gliglione alcanzan una de las cinco puntas del Firé, dejando una cajita con tarjetas, es la todavía hoy llamada punta Buzón. Es tal vez a causa de la guerra civil que no hay documentadas ascensiones hasta el 17 de agosto de 1942, fecha en la que Mallafré con Blasi y Bou, alcanzan la punta más alta del Firé, que se llamó Punta de los Catalanes primero y Mallafré después, al morir éste. Los años siguientes son conquistadas las restantes puntas del Firé, así como los Mallos Gómez Laguna, Don Justo, el Tornillo y la Aguja Roja. Angel Serón, pionero en Aragón de la escalada moderna, fue el principal protagonista de estas escaladas. Mención aparte merece su la ascensión a la Peña Sola de Agüero, en 1947 acompañado de Millans y Lagüens, pues marca una evolución en la técnica de los escaladores aragoneses, que poco a poco se torna más depurada.


La primera ascensión del Mallo Pison, lograda el 1 de abril de 1946, nos fue "arrebatada" a los aragoneses por los catalanes Peyre, Panyella y Murguía, que bajaron de la senda al collado de la gigantesca aguja. Poco después, el mismo Panyella, en compañía de Casasayas, subió desde abajo, por la hoy clásica Pany - Haus. La cima del puro se convirtió en una trágica carrera entre escaladores aragoneses y catalanes. La primera víctima se produjo en la primera tentativa de ascensión, el 13 de junio de 1947: fue Mariano Cored de Huesca. En el curso de una tentativa posterior, en abril de 1950, se despeñó, por rotura de la cuerda tras un vuelo, Victor Carrilla que formaba cordada con Seron y Millan. Estos dramas frenaron las ansias por un tiempo y no es hasta 1953 que un grupo de zaragozanos dirigido por Manuel Bescos, intentan de nuevo esa cumbre todavía virgen. Otro grupo, este de catalanes (Panyella, Ayats, Salas y Rosich) tiene la misma ambición, unos y otros atacan, se retiran, suben un poco más... Tras dos ataques de ambos grupos, al fin, en el atardecer del día 14 de julio, la silueta de Manolo Bescós se perfila sobre la última cima virgen de Riglos, seguido por sus compañeros Alberto Rabadá y Angel López ¡Llevan tres días de escalada y deberán hacer otro vivac en la cumbre! Por desgracia, pocos días más tarde en uno de los descensos del Pison, al fallar la clavija de rapel, Manolo Bescos se mata también ante los ojos de su hermano José Antonio y Angel López. Todos estos accidentes motivaron que las autoridades prohibieran la escalada en Riglos (os recuerdo que era la época de las prohibiciones)…

1957, al precio de tres días de duros esfuerzos, A. Rabada, A. López. J. Díaz y R. Montaner, alcanzan el Pisón por su cara oeste: Está ya abierta la etapa de la alta dificultad. Ya nada detendrá a este puñado de escaladores aragoneses, a los que se unirán Ernesto Navarro, José A. Bescos, A. Lacasta, Julián Vicente y más larde Ursi Abajo, Jesús Ibarzo y otros…

...pero esa es otra historia que tal vez me venga a la memoria en otro paseo... La vuelta (corta) a los mallos es un bonito paseo de poco más de una hora que nos permite disfrutar de vistas espectaculares. Salimos del pueblo buscando el camino del mirador de los buitres. En escasos diez minutos llegamos aun cartel que nos indica el recorrido. Lo podéis ver aquí: (Texto basado en el libro La conquista del pirineo de Marcos Felíu)

12 marzo 2008

Ainielle

Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto, estará, seguramente, comenzando a anochecer. Sombras espesas avanzarán como olas por las montañas y el sol, turbio y deshecho, lleno de sangre, se arrastrará ante ellas agarrándose ya sin fuerzas a las aliagas...

A lo lejos, frente a ellos, en la ladera opuesta de la montaña, los tejados y los árboles de Ainielle, ahogados entre peñas y bancales, comenzarán ya entonces a fundirse con las primeras sombras de una noche que, aquí, contra el poniente, llega siempre mucho antes. Visto desde la loma, Ainielle se cuelga sobre el barranco, como un alud de losas y pizarras torturadas, y sólo en las casas más bajas —aquellas que rodaron atraídas por la humedad y el vértigo del río— el sol alcanzará a arrancar aún algún último destello al cristal y a las pizarras. Fuera de eso, el silencio y la quietud serán totales. Ni un ruido, ni una señal de humo, ni una presencia o sombra de presençia por las calles. Ni siquiera el temblor indefinido de un visillo o de una sábana colgada en el frontal de alguna de cualquiera de sus múltiples ventanas. Ningún signo de vida podrán adivinar en la distancia. Y, sin embargo, los que contemplen el pueblo desde las altas campas de Sobrepuerto sabrán que, aquí, entre tanta quietud, entre tanto silencio y tantas sombras, yo les habré ya visto y estaré esperándoles.

Lentamente, sin que apenas pudiera darme cuenta, la herrumbre comenzó su avance indestructible. Poco a poco, las calles se llenaron de zarzas y de ortigas, las fuentes desbordaron sus cauces primitivos, las bordas sucumbieron bajo el peso del silencio y de la nieve y las primeras grietas empezaron a asomar en las paredes y en los techos de las casas más antiguas. Yo nada podía hacer por evitarlo. Sin la ayuda de Julio y de Gavín —y, sobre todo, sin el rescoldo de esperanza que, entonces, todavía mantenía—, yo estaba ya a merced de lo que el óxido y la hiedra quisieran depararme. Y, así, en apenas unos años, Ainielle fue quedando convertido en el terrible y desolado cementerio que ahora, todavía, puedo ver a través de la ventana.

Desde entonces a hoy, la muerte ha ido avanzando tenaz y lentamente por los cimientos y las vigas interiores de la casa. Sin vértigo. Sin prisa. Sin compasión ninguna. En sólo cuatro años, la hiedra ha sepultado el horno y la panera y la carcoma ha corroído por completo las vigas del portal y el cobertizo. En sólo cuatro años, la hiedra y la carcoma han destruido el trabajo de toda una familia y todo un siglo. Y ahora las dos avanzan juntas, por las maderas ya podridas del viejo corredor y del tejado, en busca de esas últimas sustancias que aún sostienen el peso y la memoria de la casa. Esas sustancias viejas, cansadas, amarillas —como la lluvia en el molino aquella noche, como mi corazón ahora y mi memoria—, que, un día, tal vez muy pronto ya, se pudrirán también del todo y se desmoronarán, al fin, en medio de la nieve, quizá conmigo dentro todavía de la casa.

El tejado y la luna. La ventana y el viento. ¿Qué quedará de todo ello cuando yo me haya muerto? Y, si yo ya estoy muerto, cuando los hombres de Berbusa al fin me encuentren y me cierren los ojos para siempre, ¿en qué mirada seguirán viviendo?

Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación.

Caerán poco a poco, sin ningún orden cierto, sin ninguna esperanza, arrastrando en su caída a todas las demás. Unas, irán hundiéndose despacio, muy despacio, bajo el peso del musgo y de la soledad. Otras, caerán de bruces en el suelo de repente, violenta y torpemente, como animales abatidos por las balas de un paciente e inexorable cazador. Pero todas, más tarde o más temprano, más tiempo o menos tiempo resistiendo inútilmente, acabarán un día devolviéndole a la tierra lo que siempre fue suyo, lo que siempre ha esperado desde que el primer hombre de AinieIle se lo arrebató..

[Ainielle] En el año 1970, quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriendose en el silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto.

Todos los textos son del libro la lluvia Amarilla de Julio Llamazares.


27 abril 2007

Milenio de Pasion

Entre el Salto de Roldán y los Pirineos de Aragón cabe un libro: Milenio de Pasión. El destierro del Grial.

Lo empecé ciertamente receloso: de autor Aragonés (Santiago Morata), primera novela, editorial local….pero la verdad es que me ha sorprendido, y en su lectura me ha trasportado al nacimiento del Reino de Aragón, a la historia y crecimiento del monasterio de San Juan de La Peña, de la catedral de Jaca, castillo de Loarre, o a la Huesca y Zaragoza Árabes….